Introducción
Cuando a una persona se le diagnostica la enfermedad de Parkinson, lo habitual es pensar primero en la medicación. Sin embargo, tanto la evidencia científica como la experiencia clínica nos muestran que el ejercicio físico adaptado es una herramienta terapéutica fundamental, especialmente si se introduce desde las fases iniciales.
No se trata simplemente de “hacer algo de deporte”, sino de incorporar el movimiento como una parte central del tratamiento. En este artículo te explico, desde mi experiencia trabajando con personas con Parkinson, por qué es tan importante comenzar cuanto antes, y cómo el ejercicio puede ayudarte a mantener la autonomía, la seguridad y el bienestar en tu día a día.
¿Qué entendemos por ejercicio en el contexto del Parkinson?
En el contexto del Parkinson, hablar de ejercicio físico significa realizar actividades planificadas, estructuradas y supervisadas, con el objetivo de mejorar aspectos como la movilidad, la fuerza, el equilibrio, la coordinación, la postura y también la salud cardiovascular y emocional.
Esto va más allá del movimiento cotidiano. El ejercicio terapéutico debe adaptarse a las capacidades, necesidades y preferencias de cada persona. En muchos casos, requiere la guía de una fisioterapeuta especializada en Parkinson, que evalúe de forma integral tu situación. Puedes leer más sobre cómo realizamos esta valoración inicial en el artículo ¿Cómo evalúa un fisioterapeuta a una persona con Parkinson?.
¿Por qué empezar desde el primer día?
1. Porque el Parkinson es una enfermedad progresiva
Desde el momento del diagnóstico, aunque los síntomas sean leves, el cuerpo ya está empezando a cambiar, produciendo cambios en el sistema nervioso. Cuanto antes empieces a trabajar el movimiento, mayor será la capacidad funcional que podrás conservar a medio y largo plazo. El ejercicio no detiene la enfermedad, pero sí puede reducir su impacto en la autonomía y la calidad de vida.
2. Porque el ejercicio tiene un efecto neuroprotector
El ejercicio regular estimula la liberación de sustancias que favorecen la plasticidad cerebral y la salud de las neuronas. En personas con Parkinson, esto puede traducirse en una mayor capacidad del sistema nervioso para adaptarse a los cambios que genera la enfermedad.
Por ejemplo, el estudio Park-in-Shape mostró que hacer ejercicio aeróbico en bicicleta durante seis meses mejoró la conectividad cerebral y preservó ciertas estructuras del cerebro. El ensayo SPARX llegó a conclusiones similares en personas en fases tempranas, con beneficios medidos sobre la función motora y la actividad cerebral.
3. Porque previene complicaciones secundarias
La inactividad física -o sendentarismo- en personas con Parkinson aumenta el riesgo de rigidez, dolor, debilidad muscular, alteraciones posturales, caídas y fatiga. Comenzar un programa de ejercicio adaptado desde el inicio ayuda a prevenir o reducir muchas de estas complicaciones, mejorando la funcionalidad global.
4. Porque mejora el estado de ánimo y la motivación
El Parkinson afecta no solo al cuerpo, sino también al estado emocional. La tristeza, la apatía o la ansiedad son síntomas frecuentes. El ejercicio físico regular ayuda a mejorar el ánimo, aumentar la energía, reducir el estrés y reforzar la autoestima.
Una revisión sistemática de 14 ensayos clínicos encontró que el ejercicio tiene un efecto positivo y significativo sobre los síntomas depresivos en personas con Parkinson (ver estudio). Además, otros estudios muestran que quienes se mantienen activos experimentan más motivación y confianza en su día a día (ver ejemplo).
¿Qué tipo de ejercicio es el más adecuado?
No hay una única receta, pero sí hay principios básicos. Lo ideal es combinar distintos tipos de ejercicio en función del momento evolutivo de la enfermedad y de las preferencias de la persona:
– Ejercicio aeróbico: caminar a buen ritmo, bicicleta estática, natación suave o entrenamiento en elíptica. Mejora la resistencia, el estado cardiovascular y el ánimo. Ya hemos visto en el punto anterior, que hay numerosos estudios sobre Parkinson y ejercicio aeróbico, que respaldan sus efectos positivos de forma significativa.
– Ejercicio de fuerza: ejercicios con peso corporal, bandas elásticas o cargas ligeras. Mejora la estabilidad, la movilidad y reduce el riesgo de caídas.
– Ejercicio de equilibrio y coordinación: circuitos, trabajo en superficies inestables, juegos de reacción. Fundamental para trabajar el control postural.
– Ejercicio funcional: entrenamiento de tareas cotidianas como levantarse, girar, caminar entre obstáculos. Mejora la autonomía en el día a día.
– Ejercicio específico de fisioterapia: supervisado por profesionales, con objetivos personalizados, ajustado al momento clínico y con evaluación continua.
Siempre que sea posible, es recomendable incluir el componente lúdico y social. Disfrutar del ejercicio facilita su continuidad. En las Asociaciones de Parkinson, muchas personas encuentran no solo profesionales especializados, sino también un espacio compartido que motiva, acompaña y fortalece. Recuerda, ¡no estás solo/sola!
¿Cuánto ejercicio es recomendable?
La OMS recomienda al menos 150 minutos de ejercicio aeróbico moderado a la semana, más dos sesiones de fortalecimiento muscular. En el Parkinson, estas cifras deben adaptarse según el estado clínico, la medicación y la tolerancia al esfuerzo. Por eso es fundamental contar con una valoración individual por parte de una fisioterapeuta especializada.
No se trata de empezar haciendo mucho, sino de empezar de forma segura, constante y bien guiada. Incluso sesiones cortas pero frecuentes pueden marcar una gran diferencia.
¿Y si ya tengo síntomas más avanzados?
Nunca es tarde para moverse. Aunque existan rigidez, fatiga o miedo a caídas, el ejercicio puede y debe adaptarse. Las sesiones serán distintas, pero siguen siendo igual de importantes. En mi práctica diaria como fisioterapeuta especializada en la Asociación, veo claramente la diferencia entre quienes han mantenido una rutina de ejercicio desde fases tempranas y quienes lo inician más adelante. Y aunque cada persona acude en un estadio de la enfermedad diferente, siempre hay margen para mejorar.
En resumen
El ejercicio físico no es un complemento opcional, es un pilar del tratamiento del Parkinson desde el primer día. Comenzar temprano te permitirá mantener tus capacidades, ganar confianza, prevenir complicaciones y mejorar tu bienestar físico y emocional.
Una fisioterapeuta especializada puede ayudarte a crear un plan de ejercicio adaptado, seguro y motivador, con objetivos realistas y progresivos.
Empezar a moverse es empezar a cuidarte. Cuanto antes lo hagas, más calidad de vida ganarás en el camino.
¿Quieres saber por dónde empezar?
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